CA2M Centro de Arte Dos de Mayo

Fotografía sala de exposición con visitantes, en el Centro de Arte Dos de Mayo, CA2M

COLECCIONAR. COLECCIONANDO. COLECCIONADO
FERRAN BARENBLIT

Una colección de arte es muchas cosas. Es, por encima de todo, una forma de construir una visión del mundo, crear una trama a partir del significado de todas sus obras y de todas las líneas, más o menos visibles, que las unen. Una colección es una narración que se cimienta a partir del trabajo de todos los artistas que la componen. Es un conjunto de obras, pero también de nombres. En el principio de todo, siempre están las personas. Por eso, hay también algo de los propios creadores: más allá de sus piezas, son los artistas, con sus trayectorias e incluso con otros trabajos, quienes se hallan representados.

Una colección es también un contexto, un lugar en el que las lecturas y relecturas de cada obra quedan condicionadas por el resto. No es una trama plana y constante, sino irregular. Dispone de un motivo más o menos visible. Se establece como una red en la que los sentidos son establecidos por cada una de las obras y por su relación con los demás. Esta suma de subjetividades, condicionadas por la historia de cada colección, hace de ella un lugar sumamente complejo. Una colección es también un lugar en el que las categorías que ordenan nuestra sociedad son ejercidas y enaltecidas. Su noción proviene del proyecto moderno decimonónico, en tanto que otorga un valor clave al objeto en el momento en que despega su producción industrial, se facilita el comercio global y, en definitiva, se adora al objeto por ser objeto. Esta idea, como señala Didier Maleuvre, alimenta el nacimiento de centenares de museos en Occidente en un momento en que “ser” y “poseer” van unidos de la mano. Sumamos a esto los principios de unicidad, de originalidad y de fetiche. Al mismo tiempo, debemos añadir la noción que se halla detrás del museo colonial, que perversamente atesora los objetos de las sociedades que desarticula. El resultado es que una colección se establece entonces, y casi se mantiene inalterable, como una sucesión de objetos insólitos e irrepetibles que permiten crear nuevas adoraciones modernas.

Una colección es un lugar en el que es difícil cuestionar la idea de colección. Ligando con lo dicho anteriormente, es sintomático que el postcapitalismo no ha inventado aún otra forma de coleccionar. Ahora que la economía mundial camina cada vez más despojada de su tradicional relación con el objeto y con su acumulación, rehusando (al menos formalmente) su dimensión industrial, parecería el momento para imaginar otra forma de coleccionar, más allá de la acumulación física de bienes materiales. Sin embargo, no parece ser así. Las colecciones siguen necesitando almacenes, condiciones de temperatura y humedad estables, peines para colgar, seguros,… indicios claros de que atesoran “cosas”. Si esto es así, no lo será porque el arte o, al menos, los artistas no se hayan apartado de su relación con el objeto. Las prácticas no objetuales abundan desde hace, como mínimo, cinco décadas. Los curadores, las exposiciones y la crítica lo han asumido ya como normal desde hace menos tiempo, pero ya nadie lo cuestiona. Sin embargo, el mercado y las colecciones (sobre todo las del museo) siguen basados en el objeto único.

Una colección siempre es también un pulso a la noción de valor, analizada siempre desde la tensión entre los costes originales y actuales. La cotización en su totalidad siempre debe superar la de cada una de sus obras, al generar un valor para y de la propia colección. Es un cuestionamiento también a las nociones de valor, a las que hacen de una u otra obra más o menos deseada y valorada en base a criterios nuevamente subjetivos. Pero una colección es valorada, como no podría ser de otra manera, en su comparación de otras colecciones: se inicia así una carrera con normas propias (cómo se han adquirido obras, con qué medios, con qué objetivos, cómo se muestra, quién la ve) y con criterios contradictorios. El gran éxito de las colecciones de algunos de los grandes museos de prestigio global es tanto haber adquirido las piezas clave como demostrar que sus obras son las piezas clave, para lo que han tenido que ejercer un formidable poderío crítico.

Una colección es, como no podría ser de otra manera, un lugar político. Está sujeta a unas relaciones de poder al mismo tiempo que las altera con su propia actividad. Un lugar donde se ejerce una autoridad simbólica, económica y, de facto, sobre la posesión (o custodio, como diremos más adelante) de una u otra pieza. Es un mal remedo de la acción política, pero sí juega ser su reflejo, una forma tangencial e imprecisa de analizar la toma colectiva de determinadas decisiones. Una colección no es un archivo. No acumula, sino que distingue. No todo merece ser archivado, pero menos aún merece ser coleccionado. Ignoro si puede existir el archivo infinito, pero seguro que no puede existir la colección infinita, básicamente porque perdería sentido la noción de valor debatida un poco más arriba. En un archivo aquello que sobra no interfiere, en una colección, cada una de las obras que están deben ser consideradas dentro del todo.

Una colección, al menos una de arte contemporáneo, no puede ser jamás un lugar que explique la totalidad del arte. Siempre será sesgada por múltiples motivos geográficos, cronológicos, ideológicos, de sentido, de limitaciones financieras o de almacenaje. Pretender lo contrario es ignorar lo evidente: no hay acción humana que no sea condicionada y opinada. Una colección, sobre todo la de arte contemporáneo, encierra además algunas contradicciones. Se crea para conservar. A veces se olvida que el compromiso es, o debería ser, la pervivencia de las obras por décadas, siglos. Es un acto de responsabilidad. Pero encierra una paradoja: aquello que es adquirido como contemporáneo, dejará de serlo pronto. En uno u otro momento pasará a otra categoría, hasta llegar a la de “histórico”.

Por más que definamos una colección como de tiempo presente, de actualidad, de hoy… algún día llegará a ser de ayer. El museo, en todo caso, no es propietario, sino un mero custodio. Tiene la obligación de su preservación, pero nunca será en sentido estricto “suya”. Una colección es asimismo un análisis a las condiciones de cómo fue creada, a la historia de quien la puso en marcha, estableció las líneas de trabajo y definió la manera en que realizaría las adquisiciones. Es un retrato también de cómo esa idea fue avanzando a lo largo del tiempo, adaptándose a cada circunstancia. Una colección habla, así, de la persona o la institución que está detrás de ella. Una colección, y aún más una pública, no tiene sentido si no es expuesta, conocida, estudiada, valorada en su justa medida. Para ello, hemos hecho esta publicación. Algo me hace pensar que quienes adquirieron obras para la Colección en cada momento eran conscientes de que estaban construyendo una historia nueva, escribiendo sobre un papel en blanco una narración que sería leída algún día. Las primeras compras fueron realizadas en la década de 1980 por la Dirección General de Patrimonio Cultural a través del Consejo Asesor de Artes Plásticas. Dichas adquisiciones se fundamentaron en las obras producidas para exposiciones organizadas por la propia Comunidad. Más recientemente se crea, dependiendo de la Dirección general de Archivos y Bibliotecas, una comisión para adquisiciones, que supone un destacado incremento en los fondos.

En los sucesivos comités de adquiciones se contó con el asesoramiento de Victoria Combalía, Rafael Doctor, José Guirao, Lorena Martínez de Corral, Berta Sichel y Carlos Urroz. Las compras siguieron siempre esa noción de novedad, aunque obviamente hay algunas vueltas atrás, en las que se adquieren algunas obras de épocas anteriores. A principios de la década de 1980, recoge las tensiones entre las dos tendencias más visi-bles en su momento: una nueva figuración, que se adscribe a las líneas internacionalmente predominantes y la continuación de las experiencias abstractas de la década pasada. Al tomar esta decisión deja de lado otro tipo de prácticas – las que, a su vez, bebían de las prácticas conceptuales de veinte años antes- que en ese momento eran obviamente menos perceptibles, pese a la importancia que volverían a ganar a finales de esa década. Es entonces cuando la Colección empieza también a nutrirse de las exposiciones que organiza la propia Comunidad en sus diferentes salas. Llegan las primeras instalaciones y esculturas. Poco después, después de 1990, las adquisiciones toman un acento eminentemente fotográfico. La propia Comunidad organiza un buen número de actividades en relación a la fotografía: la programación de la Sala del Canal de Isabel II (creada en el entorno único de una antigua torre de aguas), las Jornadas de Estudio de la Imagen (un acontecimiento pionero en la reflexión sobre el sentido de la imagen en la sociedad contemporánea), los Premios la propia Comunidad. Es razonable que ocurriera así. En un momento en que las colecciones españolas comenzaban a crear su propia identidad, era necesario adoptar una línea con sentido para las adquisiciones. Elegir la fotografía como soporte implicaba numerosas ventajas: un medio en el que se experimentaba más que en otros, sometido constantemente a las renovaciones técnicas (aun no había llegado la revolución digital) y que mantenía, por su propia definición, una relación estrecha con la realidad y su cuestionamiento. Un medio, que, además, llevaba implícito un cierto mensaje de relación intensa con la contemporaneidad. El resultado fue una colección que rápidamente incrementó su volumen. Las condiciones implícitas de la fotografía permitieron una veloz incorporación de un gran número de obras en muy poco tiempo.

Algunas constantes se mantienen a lo largo de los años, como el compromiso por tomar el pulso al devenir del arte en Madrid, a través de sus artistas, galerías y exposiciones. Además, vista retrospectivamente, es una colección hecha para ser pública – las obras tienen dimensiones y características que las hacen razonablemente susceptibles de ser expuestas. En los últimos años, además, la Colección se beneficia de una decisión política acertada: dedicar parte del uno por ciento cultural a la adquisición de obras de arte. Ese uno por ciento es un logro de las políticas de conservación del patrimonio en Europa. Siempre he creído que el espíritu de la ley se pensó para casos como este: ya que la vía de ferrocarril, la carretera, el aeropuerto o el pantano que estamos construyendo alterará el paisaje de este bello paraje para siempre, como mínimo restauremos los edificios antiguos que, de otra manera, no hubieran soportado el paso de otros cuatro o seis siglos. El “saldo patrimonial” de una operación necesariamente intrusiva como es la construcción de las infraestructuras quedaría como mínimo de esta manera equilibrado. Esta atinada normativa ha ayudado a que el patrimonio arquitectónico europeo ha garantizado la pervivencia de un buen número de edificios. Sin embargo, hacer extensivo el concepto de “conservación” del patrimonio al de “incremento” del patrimonio es una decisión igualmente acertada. Y lo es básicamente en una región que cuenta entre sus activos principales la cultura contemporánea. Así, desde 2005, la colección pudo realizar compras más ambiciosas y poner nuevos horizontes a sus objetivos.

El CA2M fue construido y puesto en marcha, siendo Consejero Santiago Fisas, con el objetivo tanto de aunar su voluntad de custodiar la Colección como el de trabajar en una programación intensa y con sentido a través de sus exposiciones y actividades. A partir de su inauguración, el dos de mayo de 2008, se abre un nuevo período para la colección, en el que las condiciones de conservación y estudio van de la mano de la posibilidad de exhibirla y darla a conocer. Los nuevos almacenes permiten compras más complejas en cuanto a dimensiones y condiciones de conservación. En este paso se tomaron también algunas directrices, como mantener una colección estrictamente contemporánea, dejando para otras colecciones de la Comunidad los fondos más antiguos, como la magnífica colección de pinturas de los Madrazo obtenidas por dación de impuestos. En la corta historia del nuevo Centro, la Colección ha podido seguir creciendo en relación con las exposiciones. En los primeros años del nuevo CA2M ya se han adquirido producciones realizadas por el centro y obras expuestas en sus muestras individuales y colectivas.

Esta es una colección que cuenta muchas historias y formula muchas preguntas. Quizá la más recurrente es la que analiza el valor mismo de la imagen, su estatus contemporáneo, la validez que tiene para cuestionar la realidad. Es una colección sobre las formas de ver, la capacidad que ofrece el arte, como generador de imágenes, para observar el mundo, buscar el porqué de su particular ordenamiento, al mismo tiempo que criticarlo y subrayar sus contradicciones. El estudio de la imagen y su sentido es, probablemente, una de las temáticas contemporáneas más apasionantes. Pocos conceptos gozan de tantas definiciones y aproximaciones, muchas de ellas cargadas de una poesía poco habitual. Si queremos reducir intelectualmente a alguien probablemente no haya mejor sistema que pedirle que escriba una definición de “imagen”, y decirle que esperamos que dicha definición sea precisa. Y, si lo hacemos entre muchas personas, seguramente hallaremos tantas definiciones como individuos. Las imágenes se explican tanto desde lo vivencial (los sueños, los recuerdos), a lo orgánico (lo retínico), a lo práctico (su plasmación). Además es un concepto influenciado tanto por la cultura y la religión, como por la exposición contemporánea a multitud de imágenes. Crear imágenes ya no tiene secreto. La fotografía digital pone al alcance de cualquiera producir una imagen, internet permite su difusión inmediata y aparentemente democrática. Dicen que en el año 2002 ya se generaron tantas fotografías como en toda la historia de la fotografía. Y que en 2010 se ha multiplicado por seis dicho número. Nadie lo puede saber, y probablemente no sea importante. Y eso es porque el poder de la imagen, de cada una de ellas, sigue indemne, como un espectacular sistema de poner en marcha subjetividades. Las obras de cualquier colección de arte contemporáneo seguramente planteen estas cuestiones. La de nuestra Colección, es posible que un poco más. Es una colección que genera interrogaciones sobre el sentido mismo de ver y la acción de generar obras de arte para ser vistas. Obviamente su esencia fotográfica es clave para ello. Pero también, las circunstancias en las que están construidas. Siempre he creído que Madrid es un lugar en el que la imagen cobra una especial importancia, una ciudad en continua tensión entre la realidad y su representación.